Investigative Journalism: Why the Crisis?

 

El periodismo de investigación no es glamuroso. Es un trabajo arduo y sobre todo aburrido. Pero no es por eso que está en crisis.

Es un producto –ya que la información dejó de ser un servicio y pasó a ser una mercancía– que cuesta caro, no ofrece garantías de resultados y cuándo los hay son frecuentemente sinónimo de problemas: procesos judiciales, pérdida de publicidad y polémicas con los acusados o los poderes constituidos.

En mi caso la decisión de ser periodista de investigación no fue consciente. Es el resultado de una evolución natural y de suerte.

Illustration: Gluco/Fronterad

A principios de 1987, pasé algún tiempo con CBS News en Nueva York. Después de las prácticas pregunté al jefe del Evening News si tenía algún corresponsal en Lisboa. La respuesta era obvia. No. Nadie tiene. Un día, el Foreign Desk [la sección de internacional] me llamó. Era Brian Knoblock.

—Rui, tienes 24 horas para descubrir qué líneas aéreas asociadas a la CIA pasaron por Lisboa el año pasado.

Era el caso Irangate. Unos meses antes, en octubre y noviembre de 1986, dos operaciones secretas del Gobierno de Washington habían sido públicamente divulgadas, implicando a funcionarios de la Administración Reagan en actividades ilegales.

Las operaciones fueron coordenadas por el staff del Consejo Nacional de Seguridad.

Esas operaciones pasaban por la asistencia ilegal militar y paramilitar a la Contra, los grupos rebeldes o insurgentes que luchaban contra el régimen sandinista de Nicaragua (financiado por la URSS y Cuba) entre 1984 y 1986 y por la venta de armamento de Estados Unidos a Irán –una violación clara del embargo, de la prohibición del Congreso–, y de los controles de las exportaciones de armas entre 1985 y 1986.

A finales de noviembre de 86, la Administración Reagan anunció que los fondos recaudados de la venta de armamento pesado a Irán –vía Israel– habían sido desviados para la Contra. Ésa era la investigación de CBS News.

Fue mi primer verdadero reportaje de investigación. Por lo tanto no era fácil. Eran necesarios contactos y sobre todo suerte, ya que CBS me había dado solo 24 horas.

Descubrí unas 20 compañías aéreas que colaboraban con los servicios secretos estadounidenses. Mandé el listado a Nueva York y Washington. Me dieran 48 horas para saber qué aerolíneas habían transportado armamento. Tampoco era fácil. Muchas veces, en operaciones clandestinas, las armas aparecen, por ejemplo, como “maquinaria agrícola” o “equipamiento petrolífero”.

Es aquí donde surge la cuestión de las fuentes. Y la de las anónimas es particularmente problemática. Es un error considerar que son aliadas de los periodistas. No lo son. No pueden y no deben serlo. El hecho es que cada reportaje requiere varias fuentes y cuanto más diversificadas, mejor.

Esto es la teoría académica. Un estudio del Committee of Concerned Journalists indica que 40% de los reportajes efectuados en los Estados Unidos durante los primeros 6 días del escándalo Clinton-Lewinsky, y fundamentados en fuentes anónimas, tenían como fuente un única persona. Solo una mención de cada 100 tenía 2 o más fuentes identificadas.

En otro informe, realizado seis meses después por ese mismo Comité, demostró que 59% de las fuentes anónimas eran caracterizadas en estos términos: “fuentes han dicho”, “fuentes han contado a nuestro periódico”. Y menos de 2 en 10 testimonios permitían al lector hacerse una idea del tipo de fuente.

Las fuentes anónimas son las más peligrosas. Para la revista de periodismo de la Universidad Columbia recurrir a fuentes anónimas es como resbalar en una calzada mojada. Pero las peores son las inventadas. Y las hay… Es una manera de equivocar los lectores en vez de informarles.

La credibilidad de las fuentes anónimas es relativa. La nuestra es cero. Pero yo no tenía ese problema. Los datos que buscaba para CBS no eran secretos. Pedí a la entidad pública portuguesa de gestión de los aeropuertos (ANA) el listado de los vuelos civiles de las respectivas compañías comerciales.

Zew Blaufucks, diligente, me prometió la información, pero no me la dio. Me dijo que había recibido instrucciones de la Secretaría de Estado de Transportes negarme el documento.

Entré en contacto con la oficina del gobierno. ¿La respuesta? ¡Órdenes! ¿De quién? No me lo han dicho. Me han sugerido que acudiera a los tribunales. Con un poco de suerte tendría los papeles años después. Y yo solo tenía 48 horas.

Llamé entonces a una fuente del aeropuerto de Lisboa. El hombre me hizo pasar por su sobrino. Consulté los registros originales de los vuelos: unas páginas azules manuscritas. Allí estaba todo: compañías, fechas, horas de aterrizaje y de despegue, nombres de los miembros de la tripulación y de los pasajeros, y destino final.

La Southern Air Transport me interesó de inmediato. Había transportado armamento (“defense equipment”) en sus vuelos que pasaron por Lisboa. Y el destino era siempre Guatemala. Casi siempre. Había uno que indicaba IL.

Pensé que todo conducía a IL. Mero instinto periodístico… Pero el aeropuerto de IL no existía oficialmente. No hay ningún aeropuerto cuya sigla tenga solo 2 letras. Todos tienen 3. IL solo podía ser una pista clandestina. De hecho era ILOPANGO, la base de la Contra en El Salvador.

Sin el silencio de dos fuentes oficiales y la perentoria negativa de ANA, una empresa pública con obligación de transparencia, no hubiera descubierto el lapso o el celo de un funcionario del aeropuerto.

Como ha dicho Bill Kovach, un antiguo editor del New York Times que fue mi tutor en Harvard, “es vital examinar la relación reportero-fuente y su influencia en nuestro trabajo. ¿Cuál es la relación social aceptable? ¿Cuál es la negociación deseada? ¿Qué respaldo puede el periodista proporcionar a la fuente? Incluyendo el financiero. ¿Puede un reportero engañar a una fuente? Y si la respuesta es sí, ¿cuándo y por qué?

Después descubrí que las armas de esos vuelos para Ilopango habían sido oficialmente compradas por Guatemala. ¿Cómo? Una fuente militar portuguesa de la Dirección Nacional de Armamento me dejó ver los certificados de destino final –los end users (destinatarios finales)–, firmados por el general Cáceres Riojas.

CBS difundió la información. El general guatemalteco me desmintió. Dijo que no habíamos mostrado su firma. Yo la había visto en los documentos del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Portuguesas, pero no podía hacer fotocopias. Era información clasificada…

“La información es poder. La intención de los gobiernos, de las compañías, de las instituciones y de los partidos –el listado no es exhaustivo– es de usar la información, ocultarla, manipularla. Nuestra misión es contrariar el poder. El verdadero problema es que, hoy, son pocas las empresas preocupadas con la calidad del periodismo”.

Son palabras de Max Frankel, un ex director del New York Times. Pueden parecer banales, pero es importante no las olvidemos.

CBS me ofreció un contrato a tiempo completo.

En seguida intenté averiguar qué habían hecho en Lisboa los agentes de la NSA –la National Security Agency, Agencia Nacional de Seguridad, más conocida por No Such Agency– que viajaron en los vuelos de armamento de la Southern Air Transport. Oliver North y sus compañeros. Había sobre todo un hombre que me intrigó: Ronald Favourit. Pensé que era una identidad falsa. Fue una sensación. Ronald Favourit. El predilecto de Ronald. El presidente estadounidense se llamaba Ronald (Reagan). Y el otro Ronald podía ser su predilecto…

Comencé por buscar en el mejor hotel de Lisboa –los servicios secretos americanos no se instalan en pensiones–, el Ritz. ¡Bingo! Un empleado me dio sus datos: número de pasaporte, fecha de nacimiento, todo. CBS pidió al Departamento de Estado en Washington más información sobre Ronald Favourit. Podría ser la identidad falsa de Oliver North. Ni siquiera confirmaron su existencia…

El siguiente paso fue investigar los vuelos que habían seguido de los misiles anti-tanque Tow de Israel para Irán, con escala y cambio de avión en Lisboa. El transporte de los Hawk había sido abortado. Descubrí que los portugueses querían una nota escrita y que la embajada americana en Lisboa se negó a hacerla. En ese momento, decidí llamar al jefe de la CIA en Lisboa, que era oficialmente un diplomático. Como me respondió que no tenía tiempo que perder y yo tampoco, pedí a una fuente del Ministerio portugués de las Asuntos Exteriores la información. Algunos traficantes de armas también me ayudaran. Y un empleado de TAP AIR Portugal me contó que una aeronave había cambiado en Lisboa de matrícula y de color.

Fueron 4 meses de investigación a tiempo completo. La agencia de noticias ANOP –como EFE en España– y la prensa portuguesa citaban lo que CBS decía sobre Portugal. Mi trabajo. Era una sensación extraña, pero muy agradable: me caldeaba el ego.

ABC News y The Wall Street Journal me invitaron a incorporarme a sus filas, pero decliné las propuestas. No era una cuestión de dólares. Para mi CBS era Edward Murrow, que representaba la esencia del periodismo.

El caso Irangate (o Irán-Contra) fue un éxito periodístico.

Continué haciendo otras investigaciones, entrecortadas por la cobertura de conflictos: Timor (fui el primer reportero portugués en entrar allá después de la invasión indonesia, lo que me supuso nueve años en lista negra de Yakarta), Angola (donde son persona non grata), Zaire, Bosnia (el único periodista al que le prohibieron entrar en los cuarteles portugueses), Croacia, Libia (el año pasado), etcétera. Y pasé por el genocidio de Ruanda…

Algunas investigaciones pueden ser problemáticas para los periodistas.

Mi primer proceso judicial fue a causa de una información sobre la secta internacional Humana (que también opera en España). Describí su realidad, sus métodos, sus negocios peculiares, sus deudas fiscales…

Humana pagó a José Miguel Júdice, ex presidente del Colegio de Abogados, uno de los más caros de Portugal, para que me demandara –a mí, no al canal de televisión para el que trabajaba– casi 300.000 euros por difamación.

Cinco años más tarde el Tribunal de Instrucción Criminal de Lisboa declaró que el reportaje era honesto. Humana no recurrió de la sentencia.

Ahora me enfrento a otra acción judicial. La mafia portuguesa de los residuos tóxicos me ataca por difamación. Descubrí que una organización del Norte depositaba ilegalmente toneladas de residuos peligrosos en plena naturaleza, incluso en reservas naturales protegidas.

Los seguí con mi camarógrafo. Tenían un camión y un coche de vigilancia. Les llevó más de cuatro horas recorrer 30 kilómetros. Los vehículos circularon por carreteras perdidas, volvían atrás, paraban, pasaron por un control de la GNR (la Guardia Civil Portuguesa) sin que fueran molestados. El destino era un parque natural. Los filmamos escondidos en el monte. Cuando se fueron, fui a recoger polvo para que fuera analizado. Su composición era muy peligrosa.

Más tarde, cuando los seguíamos, nos detectaron (solo disponía de un coche. No se hacen vigilancias con un único vehículo). Nos interceptaron. No sé cómo logramos evitar la agresión…

Tres días después de la emisión de mi reportaje, la Policía Judicial hizo lo mismo que yo. Porque los criminales continuaban vertiendo desechos. Esto es significativo. Ilustra el sentimiento de impunidad. La policía llegó a la misma conclusión. Les instruyó un procedimiento de carácter criminal.

Para ellos, atacar a los periodistas (indemnizaciones por daños) y no a sus empresas es una manera de hacernos callar.

Pero el dinero no lo es todo. No es ni siquiera lo más preocupante. -A veces, nos amenazan. En otros lugares, secuestran o nos matan a los reporteros.

Un ejemplo amable, que me pasó a mí.

La mañana en que el periódico portugués Público llevó a su portada un artículo mío sobre el acuerdo secreto que Portugal había firmado en secreto con la Coalición Internacional en Irak para enviar a unidades de la Guardia Nacional Republicana (equivalente a la Guardia Civil en España), me despertó una vecina que iba a misa. Mi coche obstruía la calle. La alarma estaba desactivada, y la puerta del copiloto abierta. No habían robado nada. Al coche de la mujer le pasó lo mismo. Fui a la policía. Me dijeron: servicios militares…

No pasó nada. Pero el caso ejemplifica de alguna forma algunos métodos usados por los poderes. Era un aviso.

Otra manera de silenciarnos pasa por atemorizar a nuestras fuentes. Los policías que me habían permitido ver en sus ordenadores la filiación de algunos criminales fueron objeto de procesos disciplinarios abiertos por la propia institución. ¿Por que? Porque mi reportaje demostraba la incompetencia de los servicios especiales de la policía en materia de criminalidad económica: corrupción, fraude, blanqueamiento de dinero, etcétera.

Conclusión: Como dice mi amigo Bill Birnbauer, del Consorcio Internacional de los Periodistas de Investigación, lo más importante es la actitud.

Por eso un reportero de investigación debe:

—No quedarse satisfecho nunca.

—Actuar de manera estratégica.

—Ser proactivos.

—Mantener la mente abierta.

—Continuar investigando, No renunciar.

¿Respuestas negativas? ¿Amenazas? ¿Falta de tiempo? Eso no es nada.

¡Sean pertinaces, aburran al que no quiera hablar! ¡No desistan! ¡Vuelvan una y otra vez al ataque! Ése es mi consejo.

Les voy a contar ahora un caso revelador de las limitaciones del reporterismo de investigación.

Entre mayo de 2001 y febrero de 2002, decenas de millar de toneladas de residuos tóxicos producidos durante 20 años en el norte de Portugal por la Siderurgia Nacional fueron ilegalmente depositados en las minas abandonadas de São Pedro da Cova por la empresa Urbindústria (asociada al consorcio privado Terriminas/Vila Rei), una empresa 100% pública.

El Estado portugués asumió el pasivo ambiental de la Siderurgia Nacional Maia después de la privatización de la fábrica, que fue vendida a ciudadanos españoles en 1996.

Esta operación fue ilegal en muchos aspectos. La petición formal al Ministerio de Medio Ambiente (DRAOT) para usar las minas se basó en mentiras. Los residuos, por ejemplo, fueran descritos cómo “inocuos”.

Los vertidos comenzaron en mayo de 2001, pero la autorización oficial solo fue emitida en noviembre. Más grave es el hecho de que fuera hecha sin el conocimiento de los legítimos propietarios de las minas.

En 2010, el secretario de Estado de Medio Ambiente, Humberto Rosa, me concedió una entrevista. Negó rotundamente que los residuos fuesen tóxicos, a pesar de que yo poseía documentos confidenciales del proprio Estado que decían lo contrario.

Después de la emisión de mi reportaje, la ministra de Medio Ambiente, Dulce Pássaro, pidió a un reputado laboratorio público que analizara los residuos. Las conclusiones científicas del estudio fueron alarmantes: “elevada peligrosidad”. Tierras y aguas contaminadas...

Mi reportaje fue primera página de la prensa portuguesa.

El Procurador General de la República ordenó una investigación criminal. La investigación del Tribunal de Gondomar continúa. Es posible que no pase nada, que no haya juicio...

En marzo de 2011, el Ministerio de Medio Ambiente reconoció que los residuos de São Pedro da Cova eran “muy peligrosos” y que era necesario removerlos.

El Estado portugués ha gastado millones de euros para nada. De acuerdo con el plan inicial, había 97.500 toneladas de residuos en la Siderurgia Nacional.

Los contribuyentes pagaron el transporte de 321.614 toneladas sin contar con las 50.000 que quedaron en el complejo industrial. Conclusión: 97.500 toneladas pasaron a ser 370.000. Once años después, todo sigue en las minas. El Gobierno de Portugal no cumplió sus propias resoluciones.

A pesar de las declaraciones de principio bien intencionadas, no pasó nada hasta 10 de octubre del año pasado por la noche, cuando el Consejo de Ministros decidió retirar todo lo depositado en las minas.

En diciembre 2011 decidí hacer un seguimiento de esta increíble historia.

Pedí una entrevista al primer ministro de Portugal, José Sócrates. Era ministro de Medio Ambiente cuándo la operación fue aprobada, en 2001. Sócrates está asociado a otros escándalos, supuestamente de corrupción y blanqueo de capitales.

El asesor de Prensa del primer ministro, Luís Bernardo, un ex-periodista que había trabajado para mi propia empresa (pertenecemos al grupo PRISA), llamó al director adjunto de TVI. Celebró además un “encuentro informal” con un cámara de nuestro empresa en la residencia oficial del primer ministro.

Mi compañero me contó que Bernardo quería saber cuáles iban a ser mis preguntas. Una segunda reunión entre los dos fue programada. Ocurrió una tarde de domingo delante de un restaurante cerrado cerca de la televisión donde trabajo.

Le había dicho a Bernardo por mail que estaba haciendo juego sucio. No debía intentar averiguar cuáles eran mis preguntas. Eso sería falsear las reglas de la entrevista. Negó cualquier interferencia. Me llamó mentiroso y manipulador. Sócrates no me concedió la entrevista.

Presenté una queja al Consejo de Redacción (la institución que debe promover la ética y la deontología profesional). La mayoría de los miembros consideró en sus conclusiones que el asesor del primer ministro había hecho lo que le competía.

Sea cómo fuere, elaboré un segundo reportaje sobre crimen dentro del Estado y el caso de São Pedro da Cova. Lo titulé Buitres.

Ningún funcionario fue acusado ni condenado.

Realicé un nuevo reportaje sobre fraude y corrupción en el Estado: La república de la impunidad.

Funcionarios corruptos de los mataderos dejaron pasar para ser vendida en el mercado carne afectada con la enfermedad de las vacas locas. Parte de la carne infectada fue para a España (donde curiosamente nadie murió de ese mal. Fue la excepción ibérica...).

Cuando mi reportaje fue emitido, el responsable del Servicio Nacional de Salud me mandó un mail: Es mejor que me llame antes de que yo hable con su director. Otra amenaza velada.

La ministra de la Agricultura del nuevo gobierno de derecha, Assunção Cristas, mandó hacer una investigación a los servicios del Estado. Pasaron muchos meses y nada sucedió.

El reporterismo de investigación no es fácil. No son solo los poderes los que están, a veces, contra nosotros. Puede ser también vuestros jefes….

Es importante comprender, por otro lado, que la prioridad hoy para muchos media no es informar. Pero no podemos abdicar de la misión que tenemos, fingir que somos periodistas, cuestionarnos solo lo accesorio, adular los ciudadanos y adular los poderosos no es solución para nada. Ni para nadie. No hay democracia sin una prensa libre y exigente.

Hoy –más que nunca– es necesario coraje y perseverancia. Mucha perseverancia…

Todos los años, durante 25 años, mi buen amigo Phillip Knightley pidió una entrevista al espía inglés Kim Philby, que vivía en Moscú.

Durante 25 años Philpy se negó. El espía y desertor solo aceptó conceder la entrevista cuándo el periodista le contactó por vigésimo sexta vez. Phillip estuvo 6 días con él. Fue un scoop, una exclusiva mundial, y más tarde un libro insólito.

La conclusión del viejo reportero australiano que hoy vive en Londres es que las circunstancias se alteran y las personas cambian de opinión. Un no no puede ser considerado por nosotros como una respuesta final, definitiva. Jamás.

Otro compañero del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación defiende que “en un mundo ideal, la prensa libre y un batallón de periodistas escépticos y activos podrían preservar la democracia, cuestionando sus líderes políticos. Por otra parte, es importante que no olvidemos que debemos hacerlo también con las corporaciones, sobretodo las multinacionales, cuyo poder no deja de aumentar”.

Es esencial intentarlo...

La crisis actual no es solo económica y financiera. Es también de valores. Y el periodismo no escapa a esta realidad. La deriva del sistema mediático es una realidad.

Las nuevas tecnologías no so una panacea para todo. No disculpan nada.

El periodismo está en crisis y el reporterismo de investigación casi ya no existe en Europa. Pero no ha muerto. Todavía no. Las cosas pueden –deben– cambiar. Los reporteros tienen la obligación de intentar convencer a sus jefes y directores que la información no puede ser considerada un simple negocio igual a los demás. La perspectiva no puede ser economicista: lucro, accionistas, recortes, despidos. Números. Punto.

La información es un servicio público –repito–. No puede ser considerada como una simple mercancía. Si así fuera sería nefasto. Los clientes tienen siempre razón. La tendencia es darles reverentemente lo que quieren para que se queden contentos.

El panorama en la televisión no podía ser más dramático. Un ex directivo de la cadena francesa TF1 decía que la televisión solo sirve para vender a Coca Cola, Carrefour, Volkswagen… disponibilidad cerebral de los consumidores. Las emisiones –concursos, información, películas…– son un mero envoltorio.

Lo que está en entredicho es la democracia.

La función del periodismo es informar –por oposición a manipular, hacer propaganda o promover–, esclarecer la realidad a los ciudadanos, cuestionar a todos los poderes. En última instancia, promover una cultura de ciudadana. El interés público debe primar.

Nuestra legitimidad social depende de la capacidad de que asumamos la misión democrática de la prensa.

Muchos periodistas escogerán el camino de la colusión con el poder económico o político y la solidaridad de casta. Su objetivo sería entonces la preservación de un poder simbólico. La independencia de los reporteros y el pluralismo del pensamiento son hoy cosas que casi ya no existen, salvo raras y honrosas excepciones. Algunos de los más valientes no tienen trabajo… tanto en España como en Portugal.

This article was originally published in Fronterad and is reproduced with kind permission.

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